lunes, 7 de agosto de 2017

La traición y deslealtad de Lenín Moreno

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Por Decio Machado / Sociólogo y periodista. Consultor y analista político. Coordinador de los seminarios de Geopolítica en América Latina organizados por la Fundación ALDHEA en distintas universidades latinoamericanas.

Para Revista PlanV

¿Existe un ranking de traidores en la historia de la Humanidad? De haberlo, seguramente en nuestra cultura judeo-cristiana dicha lista estaría encabezada por Judas Iscariote, protagonista de aquel beso que llevó a Jesucristo a la crucifixión. Siguiendo por esos derroteros bíblicos, tampoco quedarían atrás Eva y Adán, la parejita que se comió la fruta pomácea del llamado árbol de la ciencia del bien y del mal contraviniendo el mandato del Todopoderoso. Pero más allá de las influencias demoníacas a las que fueron sometidos esta sarta de traidores, existen otros personajes con realidad histórica más constatable, como es el caso de Brutus, aquel a quien Julio Cesar le dedicará sus últimas palabra: “Tu quoque, Brute, fili mi”; o Robert Hanssen, aquel ex agente estadounidense en la nómina del FBI que espió para la Unión Soviética y posteriormente para la Rusia post-comunista durante más de 20 años, y que hoy aun con vida paga su condena de cadena perpetua en una cárcel de alta seguridad en el estado de Colorado con veintitrés horas de aislamiento total al día; otro que no se queda atrás fue Antonio López de Santa Anna, quien se erigió once veces como presidente de México, aliándose indistintamente y en función de las circunstancias con realistas, insurgentes, monárquicos, republicanos, liberales y conservadores.

En Estados Unidos, la figura de la traición la encarna el general Benedict Arnold, quien se pasó al bando británico durante la guerra de la independencia, todo ello tras entregar el fuerte West Point a las fuerzas imperiales de “la pérfida Albión”; sin embargo para los británicos, esos de la “pérfida Albión”, la encarnación de la felonía se personifica en la figura de Guy Fawkes, un conspirador católico inglés que perteneció al un grupo del Restauracionismo Católico que planeó la “Conspiración de la pólvora” con el objetivo de hacer volar el Parlamento británico y asesinar al Rey Jacobo I.

Pues bien, para un sector de la militancia de Alianza PAIS todo lo anterior es “peccata minuta” si se compara con el papel ejercido por el Presidente Lenín Moreno en apenas setenta días de mandato. Su delito de traición y deslealtad, según las cuentas social media del ex presidente Rafael Correa, es ser responsable del “retorno al pasado” mediante políticas de “reparto de la Patria” y “permitir el regreso de la corrupción institucionalizada y del viejo país”.

El enfoque teórico de la estrategia política aplicada en esta disputa por parte del ex mandatario afincado momentáneamente en Bruselas es de larga data y está asentada sobre el pensamiento de dos filósofos europeos del siglo XVIII –el escocés David Hume y el francés Jean Jacques Rousseau- y reactualizada por otro filósofo, en este caso argentino, Ernesto Laclau, y la politóloga belga Chantal Mouffe a finales del pasado siglo: la política es una disputa por el sentido, a través de lo cual el discurso no es lo que se dice de posiciones ya existentes, sino que es una construcción de unas y otras posiciones, de uno o de otro sentido, a partir de datos cuyo significado puede ser muy distinto según sean seleccionados, agrupados o contrapuestos.

Es así que más allá de cualquier valoración sobre las políticas de consensos recién emprendidas por el actual gobierno, el correísmo “duro” interpreta la necesidad de procesos de ruptura y reordenación radical del campo político a través de la construcción narrativa de un “nosotros” y un “ellos”. Y digo construcción narrativa, porque más allá de que realmente exista un “nosotros” y un “ellos”, esta construcción político estratégica consiste en la fabricación de un relato basado en lo que Antonio Gramsci llamaría en sus Quaderni del carcere la “guerra de posiciones”. Es desde ahí desde donde se entiende lo que para Michel Foucault significa el poder, una relación de fuerzas, es decir, una acción sobre otra acción. En realidad es tan discutible que el actual gobierno, con una economía en crisis, pueda establecer una política de consensos para enrumbar la salida de esta, como que el “nosotros” construido como narrativa hard correista signifique algo diferentes al “ellos”. Por dejar tan solo una reflexión al lector: ¿cuándo se habla de permitir “el regreso de la corrupción institucionalizada” se está hablando de algo que en algún momento haya dejado de existir durante estos últimos diez años?

Cuando sectores del partido de gobierno nos dicen que la operación de acoso y derribo contra el vicepresidente Jorge Glas responde al mismo guión internacional aplicado en Brasil contra Lula da Silva y Dilma Rousseff, demuestran en la práctica, o bien su incapacidad para entender el momento político actual o directamente expresan la afirmación de una falacia. Fue un poeta inglés de ideología muy reaccionaria pero con alto bagaje cultural, Rudyard Kipling, quien dijo en alguna ocasión “qué saben de Inglaterra los que solo conocen Inglaterra”.  Pues bien, más allá del rol de los diferentes actores políticos nacionales –las diversas facciones al interior de Alianza PAIS, la oposición política, los medios de comunicación, el bucaranato o demás sujetos que forman parte de la cartografía política ecuatoriana-, el terremoto político que se vive en estos momentos al interior del oficialismo tiene su epicentro en Brasil y se llama Operación Lava Jato. Y a su vez, Lava Jato no es más que lo que deriva de un sistema de representación político institucional que hace aguas por todos lados debido a su alto nivel de contaminación y sobre el cual son ya imposibles las soluciones de corte tradicional. No vale reformar el modelo, inevitablemente hay que cambiar de modelo.

Lo anterior no solo pone en cuestión las cinematográficas frases esbozadas en estos recientes tuits enviados desde Bélgica, sino que implican también la puesta en cuestión de la narrativa articulada por parte de la oposición conservadora y los medios de comunicación. ¿De qué trama bolivariano-comunista y culebrón venezolano en ciernes en el Ecuador nos han estado hablando durante los últimos años los lassos, paez, montúfares y compañía? El fracaso de este tipo de discursos esbozados por los sectores conservadores se basa en que se dirigen a una sociedad que es ajena a todo lo que tiene que ver con este tipo de retóricas ideológico alarmistas.

El historiador anarquista francés Daniel Guerin, reflexionando sobre la revolución de 1789 –la cual junto con la de 1917, fueron las dos revoluciones por autonomasia-  indicó en su momento que la burguesía nunca se equivocó respecto a quien era su verdadero enemigo, y que este realmente no era el régimen anterior, sino lo que escapaba al control de ese sistema. Según Guerin, en la revolución francesa la burguesía se dio a sí misma como tarea llegar a dominar. ¿Es que acaso ha sido esencialmente distinto lo que ha sucedido con esto que eufemísticamente se ha dado en llamar revolución ciudadana?

Aquí aparece otra cuestión de fondo, y mucho más importante que todo lo anteriormente expresado. ¿Sigue siendo válido el viejo sistema de representación democrática para la transformación real de nuestra sociedad? Expreso mi reflexión con la exposición de tan solo un ejemplo: la única gente que he conocido tanto en el Ejecutivo como en la Asamblea Nacional que continúa viviendo como la mayoría del pueblo ecuatoriano al que dicen representar es el personal encargado de la limpieza de sus instalaciones.

Derivado de lo anterior tiene sentido la siguiente pregunta: ¿cuál es la profundidad de los cambios alcanzados en esta última década para que apenas en setenta días sectores del partido oficialista digan que estamos volviendo al pasado?  Si queremos responder a esto con cierta rigurosidad intelectual, inevitablemente estamos obligados a reflexionar también sobre si tanto los relatos políticos construidos desde el poder como desde la oposición durante está última década no se han construido paralelamente sobre lógicas que no responden a la realidad.

Trasladando al Ecuador el pensamiento del psicoanalista francés Felix Guattari, podríamos decir que la esquizofrenia es indisociable del sistema político económico nacional, concebido él mismo como una primera línea de fuga -acto de resistencia y de afirmación- en su enfermedad exclusiva. En definitiva y adaptando aquella frase de James Carville, asesor del entonces candidato demócrata Bill Clinton en las presidenciales de 1992 en Estados Unidos: “¡Es la política, estúpido!”

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