martes, 15 de agosto de 2017

La política y las nuevas tecnologías

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Por Decio Machado
Revista PlanV

El cada vez más rápido desarrollo tecnológico es claramente constatable en el ámbito de la información y comunicación. Así vemos como a la radio le tomó treinta y ocho años alcanzar una audiencia de 50 millones de personas, mientras que a la TV tan solo trece, al internet cuatro, al Facebook dos y a Google + escasamente ochenta y ocho días.

Desde la perspectiva de la política institucional, en menos de cinco décadas pasamos de la era de la TV, con aquel mítico primer debate político (1960) donde un joven y bronceado John F. Kennedy derrotó por nocaut a un veterano y sudoroso Richard Nixon, a la era del internet con la Política 2.0 de Barak Obama (2008).

Cuando en 1991 Tim Berners-Lee logró vincular la tecnología de hipertexto al internet con la creación de la World Wide Web (www), se fundaron las bases de un nuevo tipo de comunicación en redes. Esto transformó, entre otras cosas, el mundo del marketing político y la comunicación, caducando el viejo modelo de comunicación unidireccional y secuencial donde unos pensaban, otros analizaban y otros comunicaban.

Las nuevas plataformas interactivas entraron en escena con la promesa de convertir la cultura en un ámbito más “participativo”, “basado en el usuario” y “de colaboración”. Ejemplo de esto sería la experiencia de Wikipedia, a través de la cual Jimmy Wales y Larry Sanger alteraron la paz en las tumbas de Copérnico y Galileo, volviendo a convertir al mundo en plano/horizontal con un proyecto que goza ya de más de 45 millones de artículos en 287 idiomas construido de forma desinteresada y colaborativa por cientos de miles de internautas en red.

La jerga comunalista que caracteriza las principales palabras clave empleadas en la red (social, colaboración, amigos, comunidad…) tiene que ver con las primeras visiones utópicas establecidas en este mundo, donde muchos lo consideramos como nuevos experimentos ciudadanos aplicables a la reinvención de la democracia. De esta manera se estableció un parteaguas dialectico, donde estar “bien relacionado” significa en el mundo offline tener relaciones que resultan valiosas en virtud de su cualidad y condición, mientras que en el mundo online su importancia está en la posibilidad mantener un sinnúmero de relaciones interpersonales y la gestación de comunidades más allá de limitantes geográficas.

En una nueva realidad donde el acceso a la información es prácticamente instantáneo, la sociedad se convirtió en oblicua. Cualquier receptor de información es además emisor, superándose el proceso tradicional de aprendizaje, de importación/exportación, para entrar en el de creación múltiple y colectiva, superadora de fronteras y transversal.

En este sentido, hablar de tecnopolítica es hablar del uso táctico y estratégico de las herramientas digitales para la organización, comunicación y acción colectiva. Nos encontramos entonces ante una suerte de nuevas prácticas políticas, lo que obliga a entender la comunicación de una forma diferente tanto desde el Estado, como de los partidos políticos y las multitudes, comprendiendo a estas últimas desde su sentido spinozista, es decir, la forma de existencia política y social de los muchos en cuanto muchos en su pluralidad.

Sin embargo, la política ecuatoriana muestra notables limitaciones para entender, beneficiarse y beneficiarnos al conjunto de la sociedad con estas nuevas herramientas.

Basta hacer un análisis del uso de las redes sociales por parte de las instituciones y los políticos del país para visualizar que estas son utilizadas para lanzar mensajes pero no para escuchar. La multitud, ciudadanía en su versión ecuato-institucional, sigue estando abajo mientras arriba se perpetúa una élite política que -lejos de distinguir entre forma y fondo- entendió el uso de estas nuevas herramientas desde una perspectiva simplista de aggiornamiento, es decir, como la incorporación de una nueva técnica para hacer exactamente lo mismo que ya anteriormente hacía.

Es de esta manera que la institucionalidad sepulta los mayores potenciales que brindan estas nuevas herramientas tecnológicas: su función interactiva con la ciudadanía; la generación de foros virtuales para el debate, aprendizaje mutuo y construcción de consensos; o el impulso a movimientos cibernéticos como una nueva forma de organización política ciudadana.

En la práctica, cuando nuestros políticos son increpados de forma continuada por un internauta lo más habitual es que lo bloqueen, eliminando cualquier posibilidad de feedback y lejos de hacer el más mínimo esfuerzo por entender la base del cuestionamiento al que es sometido. Esto convierte a las redes sociales en la más áspera justificación de la libertad de expresión, pues no implica generar la más mínima cultura de diálogo.

Dado que el capitalismo no es más que una cultura de buscavidas, en este entorno aparecieron, ¿cómo no?, locuaces vendedores de espejitos digitales. Estos, mediante la creación de costosas herramientas destinadas al monitoreo y presencia en redes detectan las tendencias del “comportamiento de manada” que hace que la gente se apropie de determinados mensajes que resultan relevantes y que pasan a ser masivamente replicados. El objetivo de tal quehacer no es otro que la clasificación de cuentas y perfiles desde una lógica de control y estigmatización, lo que orwellianamente podríamos definir como la construcción de una “policía del pensamiento” que lejos está de buscar la comprensión de lo que está ocurriendo en las redes como un transmisor de percepciones sociales.

El absurdo sorprende dado que tanto instituciones como partidos suelen realizar una notable inversión en investigación social buscando saber que piensa la sociedad sobre ellos, pero ignoran la comprensión de los mensajes que se transmiten desde las redes sociales, los cuales deberían ser decodificados para entender como comunicar mejor con las multitudes y nutrirse de ellas. La consecuencia de lo anterior es evidente: los políticos e instituciones ecuatorianas no comunican bien pese a que piensen lo contrario, carecen de emotividad en sus mensajes y están muy lejos de generar enlaces con los sectores profesionales y los más jóvenes de la sociedad (targets mayoritario en redes). Sin duda el mundo empresarial entendió mejor la tecnopolítica que los políticos…

Basta chequear las cuentas de nuestros políticos para ver como su comunicación sólo genera efectos positivos en su público cautivo –simpatizantes de sus tiendas políticas-, replicando los mensajes de sus seguidores bajo una lógica de autoadulación. Inconsecuentemente, donde más impactan los posicionamientos en redes de los políticos más notables es precisamente en los medios tradicionales, quienes suelen hacer referencia a sus mensajes más conflictivos.

Esto se agrava en lo referente a los partidos políticos, quienes tras costosas campañas electorales -donde contratan técnicos para construir comunidades de receptores y replicadores de sus mensajes- les olvidan, en lugar de sacar rédito de ese capital político tanto para el desarrollo de la gestión pública como para ejercer una oposición de mejor calidad y sintonizada con la sociedad.

Los partidos políticos, esas entidades ectoplásmicas que sufrimos de forma permanente pese a que su materialización es esporádica -apenas aparecen cuando necesitan del voto-, no son estructuras diseñadas para aprender, lo cual las convierte en resistentes a todo lo que signifique innovación. Los partidos se miden bajo una lógica que se limita a competir por espacios de poder, es decir, su importancia esta en función de cuando espacio institucional ocupan. Esto les lleva a no comprender que en el mundo de hoy se deben producir nuevas formas de organización en red y nuevas maneras que crear contenido e ideas, lo que pone en cuestión sus arcaicas estructuras organizativo piramidales, el modelo de sus convenciones o congresos, así como el propio sistema de delegación que implica la democracia representativa. 

Lo anterior nos lleva a enunciar que más que una brecha tecnológica, en Ecuador lo que hay es una brecha mental entre la institucionalidad política y la sociedad, lo que más temprano que tarde esto traerá consecuencias. Nuestro establishment político determina empíricamente un supuesto cuya resolución ya intuíamos: el uso de teléfonos inteligentes no hace al usuario necesariamente inteligente.

lunes, 7 de agosto de 2017

La traición y deslealtad de Lenín Moreno

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Por Decio Machado / Sociólogo y periodista. Consultor y analista político. Coordinador de los seminarios de Geopolítica en América Latina organizados por la Fundación ALDHEA en distintas universidades latinoamericanas.

Para Revista PlanV

¿Existe un ranking de traidores en la historia de la Humanidad? De haberlo, seguramente en nuestra cultura judeo-cristiana dicha lista estaría encabezada por Judas Iscariote, protagonista de aquel beso que llevó a Jesucristo a la crucifixión. Siguiendo por esos derroteros bíblicos, tampoco quedarían atrás Eva y Adán, la parejita que se comió la fruta pomácea del llamado árbol de la ciencia del bien y del mal contraviniendo el mandato del Todopoderoso. Pero más allá de las influencias demoníacas a las que fueron sometidos esta sarta de traidores, existen otros personajes con realidad histórica más constatable, como es el caso de Brutus, aquel a quien Julio Cesar le dedicará sus últimas palabra: “Tu quoque, Brute, fili mi”; o Robert Hanssen, aquel ex agente estadounidense en la nómina del FBI que espió para la Unión Soviética y posteriormente para la Rusia post-comunista durante más de 20 años, y que hoy aun con vida paga su condena de cadena perpetua en una cárcel de alta seguridad en el estado de Colorado con veintitrés horas de aislamiento total al día; otro que no se queda atrás fue Antonio López de Santa Anna, quien se erigió once veces como presidente de México, aliándose indistintamente y en función de las circunstancias con realistas, insurgentes, monárquicos, republicanos, liberales y conservadores.

En Estados Unidos, la figura de la traición la encarna el general Benedict Arnold, quien se pasó al bando británico durante la guerra de la independencia, todo ello tras entregar el fuerte West Point a las fuerzas imperiales de “la pérfida Albión”; sin embargo para los británicos, esos de la “pérfida Albión”, la encarnación de la felonía se personifica en la figura de Guy Fawkes, un conspirador católico inglés que perteneció al un grupo del Restauracionismo Católico que planeó la “Conspiración de la pólvora” con el objetivo de hacer volar el Parlamento británico y asesinar al Rey Jacobo I.

Pues bien, para un sector de la militancia de Alianza PAIS todo lo anterior es “peccata minuta” si se compara con el papel ejercido por el Presidente Lenín Moreno en apenas setenta días de mandato. Su delito de traición y deslealtad, según las cuentas social media del ex presidente Rafael Correa, es ser responsable del “retorno al pasado” mediante políticas de “reparto de la Patria” y “permitir el regreso de la corrupción institucionalizada y del viejo país”.

El enfoque teórico de la estrategia política aplicada en esta disputa por parte del ex mandatario afincado momentáneamente en Bruselas es de larga data y está asentada sobre el pensamiento de dos filósofos europeos del siglo XVIII –el escocés David Hume y el francés Jean Jacques Rousseau- y reactualizada por otro filósofo, en este caso argentino, Ernesto Laclau, y la politóloga belga Chantal Mouffe a finales del pasado siglo: la política es una disputa por el sentido, a través de lo cual el discurso no es lo que se dice de posiciones ya existentes, sino que es una construcción de unas y otras posiciones, de uno o de otro sentido, a partir de datos cuyo significado puede ser muy distinto según sean seleccionados, agrupados o contrapuestos.

Es así que más allá de cualquier valoración sobre las políticas de consensos recién emprendidas por el actual gobierno, el correísmo “duro” interpreta la necesidad de procesos de ruptura y reordenación radical del campo político a través de la construcción narrativa de un “nosotros” y un “ellos”. Y digo construcción narrativa, porque más allá de que realmente exista un “nosotros” y un “ellos”, esta construcción político estratégica consiste en la fabricación de un relato basado en lo que Antonio Gramsci llamaría en sus Quaderni del carcere la “guerra de posiciones”. Es desde ahí desde donde se entiende lo que para Michel Foucault significa el poder, una relación de fuerzas, es decir, una acción sobre otra acción. En realidad es tan discutible que el actual gobierno, con una economía en crisis, pueda establecer una política de consensos para enrumbar la salida de esta, como que el “nosotros” construido como narrativa hard correista signifique algo diferentes al “ellos”. Por dejar tan solo una reflexión al lector: ¿cuándo se habla de permitir “el regreso de la corrupción institucionalizada” se está hablando de algo que en algún momento haya dejado de existir durante estos últimos diez años?

Cuando sectores del partido de gobierno nos dicen que la operación de acoso y derribo contra el vicepresidente Jorge Glas responde al mismo guión internacional aplicado en Brasil contra Lula da Silva y Dilma Rousseff, demuestran en la práctica, o bien su incapacidad para entender el momento político actual o directamente expresan la afirmación de una falacia. Fue un poeta inglés de ideología muy reaccionaria pero con alto bagaje cultural, Rudyard Kipling, quien dijo en alguna ocasión “qué saben de Inglaterra los que solo conocen Inglaterra”.  Pues bien, más allá del rol de los diferentes actores políticos nacionales –las diversas facciones al interior de Alianza PAIS, la oposición política, los medios de comunicación, el bucaranato o demás sujetos que forman parte de la cartografía política ecuatoriana-, el terremoto político que se vive en estos momentos al interior del oficialismo tiene su epicentro en Brasil y se llama Operación Lava Jato. Y a su vez, Lava Jato no es más que lo que deriva de un sistema de representación político institucional que hace aguas por todos lados debido a su alto nivel de contaminación y sobre el cual son ya imposibles las soluciones de corte tradicional. No vale reformar el modelo, inevitablemente hay que cambiar de modelo.

Lo anterior no solo pone en cuestión las cinematográficas frases esbozadas en estos recientes tuits enviados desde Bélgica, sino que implican también la puesta en cuestión de la narrativa articulada por parte de la oposición conservadora y los medios de comunicación. ¿De qué trama bolivariano-comunista y culebrón venezolano en ciernes en el Ecuador nos han estado hablando durante los últimos años los lassos, paez, montúfares y compañía? El fracaso de este tipo de discursos esbozados por los sectores conservadores se basa en que se dirigen a una sociedad que es ajena a todo lo que tiene que ver con este tipo de retóricas ideológico alarmistas.

El historiador anarquista francés Daniel Guerin, reflexionando sobre la revolución de 1789 –la cual junto con la de 1917, fueron las dos revoluciones por autonomasia-  indicó en su momento que la burguesía nunca se equivocó respecto a quien era su verdadero enemigo, y que este realmente no era el régimen anterior, sino lo que escapaba al control de ese sistema. Según Guerin, en la revolución francesa la burguesía se dio a sí misma como tarea llegar a dominar. ¿Es que acaso ha sido esencialmente distinto lo que ha sucedido con esto que eufemísticamente se ha dado en llamar revolución ciudadana?

Aquí aparece otra cuestión de fondo, y mucho más importante que todo lo anteriormente expresado. ¿Sigue siendo válido el viejo sistema de representación democrática para la transformación real de nuestra sociedad? Expreso mi reflexión con la exposición de tan solo un ejemplo: la única gente que he conocido tanto en el Ejecutivo como en la Asamblea Nacional que continúa viviendo como la mayoría del pueblo ecuatoriano al que dicen representar es el personal encargado de la limpieza de sus instalaciones.

Derivado de lo anterior tiene sentido la siguiente pregunta: ¿cuál es la profundidad de los cambios alcanzados en esta última década para que apenas en setenta días sectores del partido oficialista digan que estamos volviendo al pasado?  Si queremos responder a esto con cierta rigurosidad intelectual, inevitablemente estamos obligados a reflexionar también sobre si tanto los relatos políticos construidos desde el poder como desde la oposición durante está última década no se han construido paralelamente sobre lógicas que no responden a la realidad.

Trasladando al Ecuador el pensamiento del psicoanalista francés Felix Guattari, podríamos decir que la esquizofrenia es indisociable del sistema político económico nacional, concebido él mismo como una primera línea de fuga -acto de resistencia y de afirmación- en su enfermedad exclusiva. En definitiva y adaptando aquella frase de James Carville, asesor del entonces candidato demócrata Bill Clinton en las presidenciales de 1992 en Estados Unidos: “¡Es la política, estúpido!”